El momento que convierte el penúltimo episodio de 'Juego de Tronos' en historia de la televisión

EL MOMENTO CUMBRE DE DAENERY TARGARYEN EN 'JUEGO DE TRONOS'

 

El momento que convierte el penúltimo episodio de 'Juego de Tronos' en historia de la televisión

¿Cual es el momento que convierte el penúltimo episodio de 'Juego de Tronos' en historia de la televisión?

A pesar de que los servicios de televisión en streaming que cada vez más compañías nos ofrecen hacen que a día de hoy la oferta televisiva sea mayor que en toda su historia, son realmente muy pocas las que de verdad consiguen dejar huella a un nivel tan profundo que acaban grabadas a fuego en el firmamento de la posteridad. Momentos como el asesinato de J.R., el capítulo prohibido de 'Expediente-X', la muerte de Joyce Summers, la reconciliación entre Ross y Rachel, 'Ozymandias' o casi cualquier fotograma de las primeras temporadas de 'Los Simpsons'. Momentos que le han concedido a las mejores series de la historia su título como tales, y entre los que ninguna producción actual ha conseguido irrumpir con tanta fuerza como 'Juego de Tronos'.

Independientemente de los seguidores y detractores que pueda tener, si de algo no se puede dudar a falta de una semana del final de 'Juego de Tronos', es cómo la serie de HBO basada en 'Canción de Hielo y Fuego' de G.R.R. Martin ha cambiado para siempre nuestra forma de experimentar la televisión. Y hay cuatro momentos clave que han sido responsables de ello, empezando por el “Las Cosas que hago por Amor” de Jaime Lannister, para continuar con la ejecución de Ned Stark, La Boda Roja y La Batalla de los Bastardos.

Bajo diferentes baremos podríamos añadir otros muchos para obtener un listado con los mejores momentos de 'Juego de Tronos'. Pero ninguno -aparte de los ya citados- ha tenido un impacto tan masivo como estos, siendo los principales responsables de definir como los fans hemos experimentado una serie marcada por sus inesperadísimos giros de guión y sus batallas de fantasía épica.

A esta lista hay que sumar ahora también el momento culmen del penúltimo episodio de 'Juego de Tronos' 'Campanas', fruto de un cuidadoso proceso de una década de desarrollo y evolución, y que ha estallado ante nuestras narices de una forma que nunca podríamos haber imaginado. En concreto el de las “campanas” que da nombre al quinto episodio de la octava temporada de 'Juego de Tronos', y que marca un punto de no retorno, en una serie estratégicamente diseñada para que mirásemos en una dirección, mientras que con la otra mano nos ofrecían pequeñas migajas avisándonos de la hostia emocional que estabamos a punto de sufrir.

 

Siempre se nos ha vendido a los Lannister como los malos. A los Lannister como los malos, y a Daenerys Targaryen y los Stark como los buenos. No ha sido siempre así, ni de una maníquea o ajena a las complejidades, pero en general siempre hubo una Cersei Lannister a la que odiar como gran villana de la ceremonia, y una Daenerys Targaryen y Jon Snow a los que interiorizar como nuestros héroes. Sobre todo en las últimas temporadas, en las que la leona de los Lannister se erigía como reina absoluta tras reducir a sus enemigos a cenizas al incinerar a sus enemigos haciendo que el Fuego Valyrio, mientras que la “rompedora de cadenas” y el guardian de la noche se postulaban como grandes campeones de la humanidad en la guerra contra los Caminantes Blancos.

El camino sin embargo fue cosa muy diferente, y durante el mismo pudimos ver que debajo de aquellos hermanos que se entregaban al sexo incestuoso y arrojaban a un niño de un torreón al grito de “Las cosas que hago por amor” había mucho más de lo que podíamos entreveer. Que gracias al “matarreyes” considerado unánimente como la persona más despreciable y amoral de los Siete Reinos, Desembarco del Rey pudo sobrevivir a los planea de Aerys Targaryen de calcinarla hasta sus cimientos. Que tanto Cersei Lannister como su hermano no eran más que las víctimas de haber crecido con un padre tiránico y severo, con una retorcida idea del amor familiar. Que al final toda la motivación de la leona de la casa de los Lannister era proteger con una fiereza tenaz a los hijos fruto del único amor que había conocido en su vida. Independientemente de si uno de ellos era un psicópata malcriado. Aunque supusiera envenenar a su propio hijo para propiciarle una muerte rápida en lugar de dejarlo en manos del despiadado Stannis Baratheon. Por mucho que supusiera poner en peligro al amor de su vida enviándolo al nido de serpiertes en busca de su hija, o borrar del mapa a sus adversarios, en el momento en el que el control de los Lannister sobre Desembarco del Rey estaba a punto de sucumbir ante la amenaza de una legión de fanáticos religiosos nacida en las entrañas de la ciudad. Por mucho que supusiera blindar la capital del reino, proclamando un regimen tiránico para salvaguardar los últimos rescoldos de su amor con Jaime.

Por el camino no faltaron muestras de esa humanidad vulnerable y herida de Cersei, como su momento de intimidad en el que ella y el Rey Robert compartían las frustraciones de una vida que en nada se pareció a la que esperaban. Por el camino, sus cesiones ante un Tyrion con el que siempre había tenido una relación difícil, antes de que considerarlo responsable de la muerte de su hijo le hiciera volverse completamente contra este. Un amigo que conocía la obra antes de muchos de nosotros la conociéramos por la adaptación de HBO la describió a la perfección, señalando que había dos grandes puntos de cambio en la historia de Martin: 1) La Boda Roja. 2) El momento en el que descubres que “los Lannister no son los malos”. Los Lannister no son los malos, los Lannister no son los malos... Es fácil entenderlo con Tyrion, el blanco de los maltratos y humillaciones de la familia, pero también el objetivo de todo el peregrinaje de expiación y penitencia de Jaime junto Brienne, así como de cada escena en la que se mostraba la vulnerabilidad y descarnada entrega de Cersei con sus cachorros.

La serie sabía muy bien lo que hacía. Que todo aquel metraje de 'Juego de Tronos' no estaba ahí para hacernos perder tiempo, aunque llegado el momento se las ingeniaran para que lo olvidásemos, con una imagen tan potente como la de Cersei vestida de negro guerrero, alzándose en un Trono de Hierro empañado de sangre y muerta. Ella era la villana. Ella la villana suprema nos decían David Benioff y D.B. Weiss, mientras que maliciosamente sonreían sanbiendo lo que nos aguardaban. Porque mientras que situaban a la arisca Cersei en su posición de poder bajo el blasón de gran villana de la serie, ahí teníamos a Daenerys Targaryen contemplando sin mostrar un ápice de piedad como su hermano era ejecutado arrojando oro fundido sonre su cabeza.

No era un dragón” fueron las únicas palabras que la Khaleesi de los Dothraki dedicó mientras se alzaba sobre el cuerpo sin vida de su hermano. Más de los que le dedicó a la bruja a la que por tomar justicia por la masacre de su pueblo condenó a morir en las llamas junto a su esposo, bañándose en cada uno de sus gritos de agonía internándose en el fuego. La misma Daenerys que proclamar que conseguiría lo que era suyo costase lo que costase. “A sangre y fuego”. La Daenerys que cuando en Quarth le preguntaron como pretendía reclamar el trono, se nos mostraba tan desconectada de la realidad como para afirmar que su pueblo se lo entregaría cuando supiera que era la justa heredera los Targaryen. La heredera de una dinastía cuyo último regente estuvo apunto de reducir la capital del reino a cenizas, por supuesto.

Aquella era la Daenerys Targaryen que cuando se sintió traicionada por Xaro Xhoan Daxos y la misma Doreah que le había brindado los medios para ser algo más que un juguete sexual en manos de Khal Drogo, los encerro en la cámara del tesoro del primero para que muriesen emparedados. La misma Daenerys a la que tantas veces hemos visto eliminar a sus adversarios al grito de “Dracarys” sin mostrar un ápice de piedad. La que masacró impasiblemente a todos los señores de Astapor. La misma que durante su reinado en Meereen ejecutó a todo el que se atreviera a oponerse contra su voluntad, impuesta totalitariamente sobre sus súbditos. Hablamos de la Daenerys Targaryen que acabó con la vida de todos los señores Dothraki, que no tuvo problema poner a Jorah Mormoth -que no había hecho otra cosa que dejarse la vida por ella- en la situación de tener que luchar por su vida en las arenas de la ciudad. La misma Daenerys que pese a las súplicas de Tyrion Lannister redujo a cenizas a la familia de Samwell Tarly, y que cuando apareció sobre la mesa la posibilidad de que no fuera ella la heredera de los Targaryen, sino Jon Snow, no hizo otra cosa que presionarle para que lo ocultase por cómo chocaba esto con el sueño de poder que había perseguido a lo largo de toda su vida.

Quizás os cueste congeniar toda esta información de eventos reales que suceden en 'Juego de Tronos', porque -a la vez- la serie de David Benioff y D.B. Weiss se ha asegurado de que en todo momento vieramos a Daenerys Targaryen envuelta en su bella figura de dulce heroína que viajaba de ciudad en ciudad liberando a los esclavos. Hacernos partícipes de su viaje desde el sufrimiento de ser entregada como esclava sexual por su hermano a un señor de la guerra bárbaro, e ignorar ciegamente todas las señales de aviso que se nos estaban dando hasta acabar creyendo -como Tyrion Lannister- que ella era la justa soberana de Los Siete Reinos. Todo estratégicamente medido para dejarnos seducir por la resplandeciente imagen de la salvadora mesiánica, pasando por alto como todo lo que se ha construido alrededor de ello ha sido apuntando a que era una auténtica Targaryen, y que si algo se han caracterizado los miembros de esa familia marcada por la endogamia y el incesto es por la locura pirómada genocida que ha perseguido a su familia a través de generaciones. La misma que llevó a Aegon Targaryen y sus hermanas a llevar a cabo el cataclismo de Harrenhal, y a su descendiente Aerys Targaryen intentar perpetrar lo mismo contra Desembarco del Rey.

¿De verdad esperábamos otro desenlace, cuando a Daenerys se le hizo entrega aquellos huevos de dragón en los que el legado de los auténticos Targaryen le había estado aguardando durante varios siglos? ¿Esperábamos que esos dones especiales Targaryen heredados que le permitían sobrevivir al fuego, así como sentir una tendencia natural hacia este, fuera otra cosa que la locura que ha perseguido a la familia a lo largo de generaciones?

El quinto episodio de la octava temporada de 'Juego de Tronos' 'Campanas' se encargó de dar respuesta a la cuestión de la forma más traumáticamente posible, y tras la espiral de descenso emprendida por Daenerys Targaryen a lo largo de los últimos episodios, ha acabado resultando en un monstruoso acontecimiento de consecuencias irreparables. Incluyendo por supuesto SPOILERS del penúltimo episodio de 'Juego de Tronos', ninguno de los protagonistas de la serie había sufrido de forma tan directa las consecuencias de la guerra contra los Caminantes Blancos como la propia Danerys. Nadie como para que a lo largo de la misma perdiera no solo a gran parte de su ejército -avanzada en la defensa de Winterfell-, sino tambien a Viserion y su leal Jorah Mormont. Verse completamente sola en tierra extraña, lejos del amor que pensaba iba encontrar y viendo como su amante Jon Snow era quien lo conseguía -siendo él el verdadero legítimo valedor del sueño en el que Daenerys había volcado toda su vida- no hizo sino dejarle más y más mella, hasta que llegado el momento, la muerte de Rhaegal a manos de la Flota de Hierro expusiese aun más sus debilidades, sirviendo la captura y ejecución de Missandei como punto de no retorno a un viaje culminado a grito de “¡Dracarys!”, invitándola a desprenderse definitivamente de todos los lazos con su humanidad que uno a uno había estado perdiendo, y arrojarse a un frenesí pirómano contra sus adversarios.

Al comienzo del episodio 'Las Campanas' de 'Juego de Tronos', el intento de Varys de hacer llegar al pueblo la verdadera identidad de Jon Snow -considerándolo un líder más justo-, supuso un paso más allá en esa espiral, en la que llegado el momento la serie nos dejaba muy claro no había camino de regreso posible. Desde las primeras temporadas de 'Juego de Tronos', Varys había venido representando ese rol de valedor del pueblo, que de verdad actuaba por sus intereses, mientras que los diferentes gobernantes se distraían con sus propios egoismos, juego de poder y miserias. Ejecutarlo no deja de simbolizar el momento en el que Daenerys sobrepone su voluntad a la del propio pueblo, y ocurre en momento con una representación tan lúgubre, como la de la imagen de la Targaryen y Jon Snow frente a fondo en negro, con las facues de Drogon irrumpiendo a su espalda como un ser surgido del inframundo para reducir a cenizas a Varys ante la mirada complice de un Tyrion Lannister que acata las ordenes de su Reina por terribles que puedan ser las consecuencias de esta.

La escena es un aviso del turbulento viaje emocional que viviríamos a lo largo del episodio de 'Juego de Tronos', y que queda perfectamente plasmado en las reacciones de los parroquianos del Burlington Bar de Chicago, famoso por emitir los episodios en directo, para después mostrar como lo viven aquellos que acuden a él en su canal de Youtube. Durante toda la primera mitad del asalto de las fuerzas de Daenerys Targaryen contra Desembarco del Rey, dichos aficionados se mostraban exultantes, aplaudiendo los logros de una Reina imparable a lomos de su dragón. Imparable conforme arrasaba la Flota de Hierro, acababa una a una con las defensas de la ciudad y derruía sus murallas, e incluso abría las puertas de par en par aniquilando la retaguardia de la Compañía Dorada para que sus fuerzas pudieran entrar libremente en la capital de los Siete Reinos arrasando todo a su paso.

Los aplausos, vitores, risas, gritos de alegría y celebración se apoderaron del ambiente mientras la victoria de los “héroes” iba sucediendo de forma imparable, hasta llegar al momento decisivo que cambiaría la experiencia de cualquiera que estuviéramos viéndolo, marcando un hito sin precedentes en la historia de la televisión. En concreto la escena que da nombre al episodio, en el que con las fuerzas de tierra lideradas por Gusano Gris, Jon Snow y Sir Davos frente a los soldados Lannister guardando la vía principal de la ciudad, estos últimos terminan aceptando estar superados, arrojando sus armas al suelo.

Lo que sigue es un interminable momento tenso en el que la tensión se podría cortar con un cuchillo, y en el que la cámara salta del gesto todavía guiado por la ira y el deseo de venganza de Daenerys Targaryen y la estampa petrea, inamovible e impasible de la Reina Cersei Lannister. Todo para prolongarse hasta que finalmente suenan las campanas que -tal y como le había comunicado Tyrion a Daenerys- serían la señal de rendición de Desembarco del Rey, momento en el que la heredera Targaryen podría dar la batalla por ganada.

En apariencia, todo daba impresión haber terminado de la mejor forma posible para los protagonistas de 'Juego de Tronos'. Pero lo que sigue, es el momento definitorio, en el que vemos como toda esa parte negativa que se había mostrado de Daenerys Targaryen a lo largo de ocho temporadas y su descenso en los abismos a lo largo de los últimos episodios convergen en una cataclísmica crisis nerviosa. Una crisis nerviosa que casi parece concebida como un homenaje a la secuencia de la masacre contra la retirada turca en 'Lawrence de Arabia' de David Lean, y con la que los responsables de la serie de 'Juego de Tronos' propinan a sus seguidores con un golpe de realidad en el que muestran la cara más terrible de Daenerys y sus seguidores, y con ellos, la peor cara de la guerra.

Especialmente las que se llevan en base a sentimientos como la sed de venganza y el odio, y que en el penúltimo episodio de 'Juego de Tronos' resulta en un frenesí pirómano genocida por parte de Daenerys Targaryen con la ciudad responsable de la caída de su dinastía y las frustraciones de un viaje marcado por la perdida progresiva de los lazos que la mantenían unida con su humanidad. Arrastrada por el impulso de un “Dracarys” latiendo en su sangre de auténtica Targaryen, el momento “Anakin Skywalker” de Daenerys Targaryen no solo cierra el círculo llevando a cabo lo que su padre no pudo hacer -recalcando el paralelismo a través de las explosiones de fuego Valyrio alternándose con las del fuego de Drogón-, sino que transforma la épica de los héroes dándolo todo en combate, en un pavoroso viaje al horror. Un viaje al horror de las consecuencias de la guerra, en el que todo lo que hemos estado celebrando durante la primera mitad se vuelve contra nosotros.

Ver a Daenerys incinerar y demoler, mientras Gusano Gris, los Dothraki, Inmaculados y hombres del norte acuchillando, degollando y matando. Mientras han sido soldados de Desembarco del Rey lo hemos celebrado sin dar consciencia de que son hombres con familias e hijos, que no han cometido más crimen que vivir en la ciudad que la heredera Targaryen está invadiendo. Una vez han retirado el velo y empujado a Khaleesi hasta su forma más implicable y terrible -ignorando la rendición del enemigo para arrasar ella y sus hombres casas, soldados desarmados, mujeres y niños- el horror tras la masacre de los Hombres de Hierro, los soldados de Desembarco del Rey y la Compañía Dorada se ha hecho tangible en su más dantesca forma.

El cambio de reacción de los asistentes del Burlington Bar de Chicago -pasando de la emoción y los vítores al horror absoluto de los actos terrribles que estaban presenciando- nos representa a todos, y cómo hemos asistido al episodio más relevante que haya tenido 'Juego de Tronos' desde La Boda Roja. Un episodio que a través de introducir de golpe el horror más monstruoso de la guerra y la sed de venganza -tema presente en el episodio tambien con Arya y Perro- en la épica del combate que hemos celebrado en tantas ocasiones con batallas como la de Aguas Negras, Castle Black, Casa Austera, Los Bastardos o Winterfell, nos ha cambiado completamente la visión de la serie, de una forma en la que los “buenos” se han convertido en crueles verdugos, y los presuntos “malos” en su víctima.

No solo a manos de Daenerys Targaryen, Drogon, Gusano Gris, los Dothraki, Inmaculados y algunos hombres del Norte, sino también por unos Tyrion Lannister y Jon Snow que sin darse cuenta han terminado siendo complices de la barbarie. Al final el dragón ha hecho lo que hacen los dragones, los dothraki lo que hacen los Dothraki y aquella que prometio que recuperaría lo que es suyo “a sangre y fuego” cometer exactamente lo que prometió, y ya sean los responsables del genocidio como los que la han acompañado en su viaje sin darse cuenta de a donde se dirigían tienen mucha sangre que limpiar. Aun queda un episodio para ello, y lo que pueda salir de ahí complemente impredecible. Lo que si queda claro es que con todo el horror y desconcierto extendido entre los fans que aun intentan de asumir lo que ha ocurrido, con la pugna de Daenerys Targaryen entre la gobernante que quería ser y la naturaleza despiadada, sobrehumana y terrible que corre por su sangre, los Lannister concluyendo su viaje como las figuras trágicas víctimas de sus circunstancias que siempre fueron y el servilismo ciego de Jon Snow y Tyrion Lannister convirtiéndolos en los responsables del horror del que nunca hubieran querido tomar parte.

Este fue el momento que convirtió el penúltimo episodio de 'Juego de Tronos' en historia de la televisión, como el capítulo más impactante e inesperado de la serie desde La Boda Roja.

 

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