Muere Jonathan Demme a los 73 aƱos

GANƓ EL OSCAR POR EL SILENCIO DE LOS CORDEROS

Muere Jonathan Demme a los 73 años

Qué fácil es echar la mirada atrás y convencerse de que, total, la última película decente que rodó un director recién fallecido es de hace una década o que nadie se acuerda de él. Jonathan Demme era mucho más que un director de cine. Muere Jonathan Demme a los 73 años.

Experto en reflejar en el celuloide cada una de las partículas que componen una canción, consiguió presentar al mundo a uno de los iconos más populares del thriller y llevarse un Oscar por una peli de terror: El silencio de los corderos y Hannibal Lecter forman parte de la cultura popular desde el estreno de la película, no desde la publicación de las novelas de Thomas Harris o la película de Michael Mann que, por cierto, es excelente.

Demme empezó en el cine con Cárcel Caliente (Caged Heat), un womeninprison de serie b y aroma a explotación que vista ahora resulta completamente coherente con su obra, tanto como El eslabón del Niágara, un thriller de primera.

A mediados de los ochenta consiguió rodar el concierto más cinematográfico de todos los tiempos al poner a los Talking Heads a su servicio: Stop Making Sense, amigos.

Poco después llegó la hora de conseguir éxitos de crítica y público con la inolvidable Algo Salvaje (Something Wild), basada en un guión de E. Max Frye, un guionista peculiar si uno echa un ojo a su extraña y corta filmografía. Un clásico de la comedia romántica criminal a la que volvería en su siguiente película, la también popular e irresistiblemente europea, Casada con todos (Married to the mob).

En 1991 Jonathan Demme pasó a la historia con El silencio de los corderos, un minucioso y extraordinario thriller de horror que inauguró el género reinventando el policiaco con altas dosis de morbo, crueldad e ingenio tras las cámaras. Lluvia de premios para una película que sí, que es de terror.

A partir de ahí, Demme se permitió el lujo de hacer lo que le diera la gana: cintas para la academia (Philadelphia), remakes desquiciados (The Truth about Charlie), más cintas para premios (Beloved), algún que otro videoclip y su mejor película del tramo final de su dilatada carrera, El mensajero del miedo, remake de la película de John Frankenheimer y un thriller de primera categoría que, quizás ahora con su muerte se valore en su justa medida.

Colaborador de Neil Young al menos en tres ocasiones, siempre ha estado tan ligado a la música que, aunque duela, su última película, Ricki and The Flash, es una muestra de integridad y honestidad de un director que hizo de todo y al que echaremos mucho de menos. Sobre todo en una industria carente de almas tan libres.

Buen viaje, señor Demme.

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